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Publicado el noviembre 13th, 2018 | por David Giménez

Casa de la familia Loynaz del Castillo, Vedado, La Habana, Cuba

Construida en 1880, la antigua mansión de la familia Loynaz del Castillo fue una de las primeras edificaciones de El Vedado, en una época en que desde ellas se podía contemplar el mar.

La Casa de la Loynaz, como le llaman los habaneros, está rodeada de un halo de misticismo encantador. Entre las paredes de lo que hoy se deja entrever como una magnífica casona, residió desde los dos años de edad hasta los 45 la célebre escritora y poetisa cubana Dulce María Loynaz, ganadora del Premio Cervantes en 1992.

Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y otras grandes figuras de la literatura universal se daban cita en las tertulias nocturnas que tenían lugar en su casa cada jueves.

En esta casa Dulce María Loynaz conservó los manuscritos de las obras Yerma y El Público, que el poeta granadino Federico García Lorca regaló a sus hermanos Flor y Carlos Manuel tras su estancia en La Habana, a su vuelta de Nueva York en 1930.

Después de permanecer durante seis meses en los Estados Unidos, García Lorca visitó Cuba. Lorca fue recibido y mimado por las figuras más representativas de la cultura cubana, como Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Lydia Cabrera, Félix Lizaso, José Antonio Fernández de Castro, etc.

Y encontró un cordial acomodo entre los poetas cubanos contemporáneos: Guillén, Ballagas, Dulce María Loynaz, Florit, Marinello, Tallet, entre otros muchos.

“La seguridad de su voz en el recitado, le prestaba un gracioso énfasis, un leve subrayado. La voz entonces se agrandaba, abría los ojos con una desmesura muy mesurada, y su mano derecha esbozaba el gesto de quien reteniendo una gorgona, la soltase de pronto. El recuerdo de los cantaores estaba no solo en el grave entorno de su voz, sino en la convergencia del gesto y el aliento en todo su cuerpo, que parecía entonces dar un incontrastable paso al frente”, recordaba años después Lezama Lima sobre una lectura de Lorca en la Universidad de La Habana.

Debido a su amistad con los hermanos Loynaz, en esta casa Lorca instaló una suerte de taller, sin pernoctar nunca, donde tocaba el piano, cantaba, escribía y dibujaba, entre apasionados coloquios que solían terminar, ya de madruga, en visitas a La Habana Vieja. En esta “casa encantada” Lorca escribió El Público, algunos de los poemas de Poeta en Nueva York y fragmentos de Yerma y Doña Rosita la soltera.

Lorca hizo tan suya La Habana que escribió a sus padres: “Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba”.

En su casa se hacían reuniones de intelectuales del ámbito nacional y extranjero, como le llamaron en su época “Aristocracia del conocimiento“.

Dicen que Dulce María Loynaz y sus hermanos fueron criados con escaso roce social, al extremo de que a la casona acudían las institutrices para dar lecciones privadas. También dicen que era de carácter retraído, quizás a causa del ambiente de su infancia y la profunda tristeza de la maternidad frustrada en su adultez.

Existen testimonios de que escribía desde los 10 años. Ya madura, combinaba magistralmente su actividad literaria y el ejercicio de la abogacía, pues se especializó en derecho de familia.

Hacia 1928 comenzó a escribir Jardín, obra considerada la precursora del movimiento conocido como Realismo Mágico. Esta novela se terminó en 1935 y se publicó en España en 1951. Sin embargo, en paralelo con la redacción de Jardín, Dulce María escribió otros poemarios y epistolarios inspirados en la experiencia de sus viajes por todo el mundo.

Los muros de la antigua casona también fueron testigos del intenso trabajo de Dulce María, quien continuó escribiendo y publicando durante toda la década de los 50.

A raíz del triunfo de la Revolución Cubana en 1959 la poetisa se auto-aisló de la vida social durante largo tiempo en su casona de El Vedado. En sus propias palabras: “creé un mi mundo en esta casa porque ya no podía crear otro. Ya no era tan joven, ni tampoco estaba el mundo tan agradable como para que yo repitiera mis experiencias. Tampoco estaba muy agradable mi país, pero al fin y al cabo era mi país, y en él me quedé siempre”.

Pablo Álvarez de Cañas, el marido de Dulce María Loynaz, natural de la isla de Gran Canaria, se marchó a Estados Unidos, pero ella no lo acompañó. “Lo quería mucho y fui muy feliz con él, pero no había justificación para irse”.

El edificio también fue durante años el lugar de reunión para los miembros de la Academia Cubana de la Lengua, institución que la escritora presidió desde 1968 hasta el momento de su muerte en 1997. Desde entonces todo se ha mantenido sin cambios, como si la escritora fuera a regresar de un momento a otro.

Desde el año 2005, la casa se ha convertido en el Centro Cultural Dulce María Loynaz. Sus objetivos principales son desarrollar y fomentar su legado y de la promoción literaria, a través de conciertos, publicaciones, exhibiciones, festivales y encuentros.

En el Centro confluyen autores emergentes y consagrados, donde conspiran por una nueva literatura y leen sus textos bajo el techo que la protegió en confinamiento y confidencia durante muchos años.

Desafortunadamente, el espléndido palacete en el que vivió Dulce María Loynaz no pasa por su mejor momento y está a la espera de una merecida restauración.

Dirección: Línea #1108, esquina a 14, Vedado

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Sobre el autor

Apasionado de internet y de los geniales rincones que ofrece la ciudad de La Habana. Mi objetivo es compartir con vosotros mi inquietud por descubrir lugares y personas especiales.



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